Hay una salida para que las tasas de interés bajen en el país y lo hagan de manera sostenible: reducir el déficit fiscal y generar un superávit en el Gobierno que permita ir reduciendo el déficit del Banco Central. Y esto solo se logra aumentando de manera considerable los impuestos. ¿Quién se atreve?

Magín J.Díaz

En Estados Unidos se acaba de anunciar la inflación mensual para el mes de junio, la cual fue de 1.3%. Desde 1980 a la fecha solo en una ocasión se registró una inflación mensual más alta. La inflación interanual de 9.1% es la más alta registrada desde noviembre de 1981. En verdad se ha desatado el pandemónium, mientras que la popularidad del presidente Biden está por el suelo.

El fantasma de Milton Friedman está rondando por los predios norteamericanos. Tal vez en venganza porque, al anunciar el gigantesco paquete fiscal a inicio de su Gobierno, de manera burlesca el presidente Biden dijo que ya no era Friedman el que decidía las cosas. Esto a pesar de que voces conscientes como las de los economistas Larry Summers y Kenneth Roggoff advirtieron de las consecuencias inflacionarias de un paquete fiscal tan grande unido a una flexibilización monetaria sin precedentes.

Por supuesto, nadie previó muchas cosas que han sucedido en el camino y que le han echado leña al fuego inflacionario. Pero ahora solo hay una forma de bajar la inflación y es contrayendo la política monetaria. O sea, aumentando las tasas de interés. En el peor de los casos esto va a costar una recesión; y en el mejor de los casos una desaceleración o, como se le está llamando ahora, un aterrizaje suave de la economía.

Una reducción de los precios de la energía y de los alimentos puede ayudar. No hay dudas de que hay factores de oferta que han empujado los costos. Pero sin dinero, no hay inflación. Esto es bueno repetirlo mucho. Por eso, ante lo que está pasando en el mundo, los Bancos Centrales deben actuar.

Los economistas heterodoxos dirán que hay que aplicar políticas alternativas de oferta que bien pueden ayudar o tal vez no van a dañar. Y eso está muy bien. Pero les deseo suerte a los que hagan eso sin aplicar políticas monetarias restrictivas.

Y es que en el mundo desarrollado se han vivido muchos años con dinero barato y sin inflación. El mejor de los mundos diría alguien. Pero ya esa época está llegando a su fin. En el caso nuestro nos acostumbramos a lo bueno bien rápido. A la gente se le olvida que durante el periodo 2005-2019 la economía crecía mucho, pero con tasas de interés superiores a 15% en general.

En ese periodo las tasas bajaron gradualmente en la medida en que se desarrolló el mercado de emisiones de bonos del Gobierno, en que se fue mejorando la coordinación de las emisiones de deuda con el Banco Central; y cuando se consolidó el esquema de metas de inflación, lo que le permitió a la autoridad monetaria manejarse con tasas de interés cada vez menores.

Luego vino la pandemia y acertadamente la política monetaria jugó su rol, poniendo dinero barato a disposición del sistema. Y esto (en gran parte) nos permitió crecer al doble que la región al mismo tiempo que tuvimos una inflación similar (¡no lo digo yo, son los datos del FMI!).

Ahora llegó el momento de ajustar y la gente está con el grito al cielo. Pero créanme que la alternativa es peor. Si el Banco Central no hubiera aumentado tasas y recogido liquidez a partir de enero, la inflación fuera al menos tres puntos más alta. Un monto similar a lo que ha significado en términos de contención de inflación los subsidios que ha dado el Gobierno.

La época de tasas de interés bajas que vivimos a raíz de la pandemia ya terminó. Ahora volveremos al equilibrio previo a la pandemia. La economía seguirá creciendo, pero con tasas de interés mayores. De hecho, este año tendremos nuevamente una inflación similar a la región, pero con el doble de crecimiento. Nada mal realmente.

Claro que hay una salida para que las tasas de interés bajen en el país y lo hagan de manera sostenible: reducir el déficit fiscal y generar un superávit en el Gobierno que permita ir reduciendo el déficit del Banco Central. Y esto solo se logra aumentando de manera considerable los impuestos. A ver quién se anima a empujar esta vía.

Mientras tanto hoy más que nunca se aplica la legendaria analogía de Milton Friedman: “La inflación es como el alcoholismo. En ambos casos, cuando se imprime mucho dinero o se empieza a ingerir alcohol, los buenos efectos ocurren al principio y los efectos malos solo ocurren un tiempo después. Es por eso que en ambos casos siempre está la tentación de exagerar al principio (bebiendo mucho o imprimiendo demasiado dinero).”

Fuente: Diario Libre

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